viernes, 9 de septiembre de 2011

8.- OBSTÁCULOS PARA EL CONOCIMIENTO DEL ISLAM (*)

Joven musulmana
El acceso directo a las fuentes históricas musulmanas es particularmente difícil y entre ellas, las que tratan sobre los orígenes del sistema musulmán son un secreto bien guardado. Para explicar que el misterio todavía planea sobre asuntos tan capitales y sensibles y que la penuria de informaciones útiles sea tan patente, la cobardía de los intelectuales occidentales no es la única causa.
Existen verdaderos obstáculos al conocimiento, que favorecen a los que tienen que esconder todo el meollo de su doctrina.
El primer obstáculo, el más evidente, es la lengua (así como la escritura) y las deficiencias de traducción entre la lengua árabe y las lenguas occidentales. La escritura y la lengua árabes sorprenden y fascinan fácilmente al espíritu occidental en busca de novedad, por lo extraño de los sonidos y dibujos: es una suerte de trampa seductora que desvía la atención de lo que realmente expresa más allá de las apariencias. La lengua coránica, que no es en sí la lengua clásica, perturba a los araboparlantes, que fingen más conocerla que comprenderla verdaderamente.
En nuestros días, aparte del Corán - del que todavía no se posee una edición crítica fiable - un pequeño número de textos originales, o que tratan de los orígenes, ha sido traducido, una minoría ínfima en proporción a la masa producida durante los primeros siglos. Si no se posee ni el tiempo ni las competencias para traducir los textos árabes, hay que recurrir a traducciones antiguas, a menudo de finales del siglo XIX, o a otras, nacidas en países musulmanes con destino a convertidos, torpes en la expresión y que no respetan los principios editoriales.
Un lento trabajo de reunión y de estimación de las fuentes permite superar el obstáculo, guardando el espíritu ideal de la traducción directa. Es lamentable que a menudo los historiadores no conozcan el árabe, y que los araboparlantes no sean verdaderos historiadores cuando se trata de abordar las preguntas religiosas.

La segunda dificultad reside en la cantidad prodigiosa, inaudita y desmesurada de escritos consagrados a los orígenes del Islam, y más precisamente a la figura, para no decir al ídolo, de Mahoma.
Tomados por una antigua fiebre, en el sentido propio arqueológico , fascinados por el misterio de sus propios orígenes, deseosos de probar su piedad, los eruditos musulmanes concentraron desde hace trece siglos su atención, su talento de invención, su rigor de análisis alrededor del período profético de Muhammad. Así, este último se hizo la referencia indispensable en materia moral, política y espiritual y modelo absoluto a pesar de sus insuficiencias notorias en todos estos dominios.
Hay un número incalculable de escritos, de tamaño enorme, de dimensiones reales muy imprecisas, todo alrededor de un solo período y de un solo individuo, exclusivamente, de forma obsesiva.
No es un tipo de literatura según las normas de la literatura occidental, profana o religiosa, que hay que explorar cuando se interesa por los orígenes del Islam. Así, el Corán , obra compuesta y muy repetitiva, tiene una estructura artificial y grosso modo organizada, ya posee vastas proporciones: casi 6220 versículos y 114 capítulos.
Es como un concentrado, un manual cuya oscuridad e incoherencia hace indispensable la elaboración de otras fuentes de información; lo que el público reclamaba, frustrado, en su adoración del personaje de Mahoma.
 En resumen, un verdadero desastre editorial .

En primer lugar, los Comentarios (Tafsir ), se difunden en centenas y millares de páginas.

Luego, una masa prodigiosa de Relatos (Hadiths ), de los que no se sabe el verdadero número, las estimaciones que van de varias centenas de millar a 6000 aproximadamente en las colecciones más veneradas, según criterios estrictos de selección.
Es importante explotar este recurso para contrarrestar la argumentación musulmana a la consideración de los ignorantes, que afirma que las cosas deplorables no existen en el Corán; única consecuencia: es ventajoso fingir que se olvidan los hadiths, que son, no obstante, parte integrante de la doctrina.

Todo lo que no está en el Corán está en los Hadiths y, juntos, forma La Sunna.
El punto más célebre atañe a la lapidación, de la que se hablará ampliamente: Está ausente del Corán, por cierto, pero la Sunna abunda en prescripciones que la exigen, en circunstancias muy descabelladas, y hasta existe una corriente de tradición que afirma que el Libro poseía un versículo sobre ella, pero que desapareció no saben cómo...
A partir de los textos precedentes, se suceden obras más literarias que científicas de los eruditos musulmanes, con fines y métodos diferentes, pero todos quieren valorar al famoso Mahoma, piedra angular de toda la construcción.
Para recordar los más importantes: una biografía prestigiosa de ibn Hisham, una cronología universal de gran valor de Tabari, un catálogo enorme de biografía de ibn Sad, una cronología de las expediciones guerreras de Waqidi , etc .
Son obras monumentales, que ellos saben glosar e inventar partiendo de una nimiedad y que engordan con menciones obligadas a sucesivos informadores.
El público sólo las conoce en versiones abreviadas tanto que el contenido se hace indigesto por el cúmulo de información y la atención puesta, de modo obsesivo, en el mismo héroe, Mahoma.
Con paciencia y abnegación, podemos llevar a cabo estas decenas de millares de páginas, evocando “ad nauseam” los gestos y dichos del mismo individuo.
Para acabar este punto, una nota tan trágica como ridícula, las fuentes primarias suscitaron a su alrededor otra ola de escritos monumentales, obras secundarias con ambiciones enciclopédicas, adaptaciones, comentarios, compilaciones, y el conjunto es de tal magnitud que tiene el efecto de obstruir el sujeto, no aportándole nada útil o verdadero, acabando por no significar nada.
Éste es el es por qué hay que limitarse a las colecciones de textos antiguos y todavía coherentes,las de antes del siglo X 

La tercera dificultad es de orden estrictamente historiográfico y se revela el más interesante. Las fuentes presentadas aquí y que transcriben los acontecimientos hasta el año 632 (es el límite globalmente puesto a este trabajo) son con mucho posteriores al período que evocan.
Hay que ser lúcido y ser consciente de que, tras la muerte de Mahoma, no existía casi nada de la doctrina musulmana, sino una aventura personal y un fárrago de palabras, de múltiples orígenes. Además, nada estaba verdaderamente escrito, lo que es molesto para un sistema que pretende ser heredero de un libro.

Creación del Corán
La obra de referencia todavía no estaba creada y lo estará, poco a poco, en condiciones rocambolescas que la Tradición musulmana evoca sin pudor.
Según los historiadores más serios y menos musulmanes, el texto ha sido reunido en un período que va de 30 a 70 años después del 632, a partir de documentos de extracción diversa: tradiciones judías nacidas del Pentateuco , interpretaciones heréticas cristianas alrededor de temas escatológicos, vestigios de mitología y poesía árabe, código de leyes, adornado con múltiples exhortaciones al combate y alusiones enigmáticas furtivas a Mahoma.
Se trata, nada menos que, de la fuente primitiva, y sólo sobre este punto podemos estar de acuerdo con los pensadores musulmanes: es el estrato más antiguo, aunque no toca cronológicamente los orígenes. R. Blachère, en su profético Problema de Mahoma mostró todo lo que se podía sacar de actual del documento, y recordó los límites de la tentativa
El texto mismo no basta para edificar una doctrina tan simplista y confusa, y una ética, tan brutal y depravada.
La opinión musulmana está sedienta de historias y anécdotas. El Corán no es capaz de proporcionar con qué colmar sus frustraciones. La solución se encuentra en el inmenso montón de Relatos, los Hadiths, que han sido reunidos y puesto por escrito cerca de tres siglos más tarde.
Entre la muerte de Mahoma y la reunión prodigiosa de estos textos, durante estos tres siglos, no disponemos de casi nada seguro sobre el fenómeno islámico y su expansión, aparte del Corán, muy deficiente, unas inscripciones ambiguas y los turbios testimonios de autores cristianos .
La Tradición pletórica de la época omeya y sobre todo abasida, compilada mucho tiempo después, se desarrolla en un contexto totalmente diferente al de Arabia del siglo VII.
Algo así como si se escribiese en nuestros días una Historia del reino de Luis XIV exclusivamente con testimonios orales sobre la vida diaria de la Corte de Versalles. 
Los autores abasidas, a los que no se puede tachar de fantásticos ya que tratan de Mahoma, son incapaces de comprender el marco tribal, la mentalidad árabe (muy pocos son directamente de este origen, y muchos son persas), ninguno puede acceder a las concepciones paganas tan presentes en los orígenes.
En cambio, ellos se revelan hábiles, por desgracia, en tomar partido en las luchas entre sunnitas y shiitas, en integrar nociones desconocidas del tiempo de Mahoma, en añadir historietas y leyendas para divertir y llenar las biografías vacías sacando sobre todo del fondo cultural y mitológico de los cristianos orientales.

El último obstáculo proviene de la política de las autoridades musulmanas, de las sociedades y de Estados musulmanes que intentan bloquear por todos los medios la búsqueda independiente y laica sobre la cuestión de los orígenes del Islam: prohibiciones de registros arqueológicos, de consulta de textos, etc... 
Sin embargo, empresas notables están en el camino, de manera discreta y heroica . Sin embargo, estos ensayos siempre están sometidos a una actitud de desconfianza y de rechazo: un descubrimiento cualquiera que vuelva a poner en causa los dogmas enseñados sobre los orígenes de la doctrina islámica sería rápidamente rechazado y pondría a sus autores en grandes dificultades.
(*) Fuente islamdocuments.org

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